A veces en mi blog hablo de gente que no conocéis, gente normal, con un estatus medio (incluso a veces alto) y que desde luego, nunca alcanzará lo que Unamuno bautizó como la vida de la fama. Sin embargo, por la ciudad que la mayoría de mis lectores habitará o pateará con frecuencia, pulula un elenco de personajes estrambóticos, víctimas de la crisis, de Obama y de los condones de 2euros de Hacendado. Unas personas que, pese a que no tengan dinero ni para Steinburg, serán recordadas hasta años después de su muerte. Anónimos, peludos y extraños, ellos son los Valencia Homeless All Stars.
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Hubo un día en que para comprar una lata de coca-cola al salir del cole siempre había que entrar en el kiosko más cercano de turno abarrotado de niños, cuyo dueño siempre acababa teniendo un mote terrible que duraría generaciones. Aunque estos kioskos siguen subsistiendo gracias a las golosinas Trolli (cuántas veces habremos llegado tarde a clase al querer seleccionar todas y cada una de nuestras 20 gominolas), la proliferación de máquinas de vender mierda fue un duro golpe para el negocio. Chocolatinas, condones (fríos por conservarse al lado de un maxibon), refrescos, rosquilletas... todo parecía ser comprado en estas máquinas, pero con todo aquello que no, hubo un colectivo que supo sacarle provecho: los pakistaníes.
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Cuando te tiras una semana levantándote sólo en casa con la única compañía de tu resaca, un montón de calzoncillos sucios en el suelo que se enganchan con las ruedas de la silla de tu ordenador y los bolsillos del pantalón llenos de flyers de sitios de mierda a los que en ningún momento pensaste ir (pese a lo que le dijeras a la relaciones públicas rapada, teñida y tatuada de turno), aprendes a querer a tu madre. No porque haga todo lo que se tiene que hacer en un hogar desestructurado como el tuyo, sino sólo por el hecho de que se acuerde de una larga lista de tareas en las que no habías pensado nunca, como por ejemplo:
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